Venezuela no se acaba en la esquina del problema... Paraísos Escondidos


Venezuela es mujer...
Fuerte, contradictoria, herida, fertil, creadora, impredecible, arrecha.

Mi pana, cuando uno habla de Venezuela, muchos afuera solo piensan en colas, apagones, titulares amarillos o corrupción política. Pero lo que no saben —y lo que nosotros a veces olvidamos en medio del “día a día”— es que este país está sembrado de paraísos. Y no hablo solo de playas de postal o selvas de National Geographic. Hablo de esos rincones que te agarran el alma y te dicen: “Tranquilo mi rey, todavía hay belleza pa’ rato”.

Empecemos por Caracas, que sí, está loca, ruidosa y a veces parece que se va a desarmar… pero ¡ay, mi vida! Tiene secretos que ni el tráfico del Viaducto puede opacar.

Uno de esos es el Jardín Botánico de Caracas, en Los Caobos. ¿Te suena? Pues ahí, en pleno corazón de la ciudad, hay un pedacito de selva que ni el concreto ha podido matar. Caminas entre ceibas gigantes, orquídeas colgando como lágrimas de hadas, y hasta te topas con un araguaney florecido —ese árbol nacional que se pone amarillo como si el sol se le hubiera caído encima— mientras en la avenida, afuera, suena el claxon de un “¡coño, muévete!”  

Acá, hasta el aire huele diferente: más limpio, más lento. Es como si el tiempo se tomara un respiro, como decimos en la capital cuando queremos decir “pausa con conciencia”.

Y si subes un poquito más, pa’l Ávila —ese gigante verde que nos abraza y nos vigila—, te encuentras con el Sendero Los Pinos o el Camino El Paraíso. No necesitas ser un atleta: basta con unos tenis cómodos y ganas de desconectarte. Arriba, entre nubes y pinos traídos de otras tierras (sí, los pinos no son de aquí, pero ya se hicieron venezolanos, como tantos), ves la ciudad abajo… pequeñita, como si todos los problemas cupieran en la palma de tu mano. Y piensas: “¿Y por qué ando tan estresao si el mundo es tan grande?”


Pero salgamos un rato de la capital, que Venezuela no empieza ni termina en Caracas.

En el Delta del Orinoco, por ejemplo, hay comunidades warao donde el río es calle, escuela y cuna. Allá, el silencio no es ausencia de ruido: es presencia de vida. Y cuando el sol se pone sobre el caño, el agua se vuelve de oro líquido. Allí no se dice “bonito”, se dice “chévere como la chucha” —pero con respeto, porque allá la chucha es sagrada, ¡es el perro del dios de la selva!

Más al sur, en Canaima, el Salto Ángel no es solo la caída de agua más alta del mundo. Es un susurro ancestral. Los pemones lo llaman Kerepakupai Vená, que quiere decir “salto del lugar más profundo”. Y cuando estás ahí, mojado por la neblina, con el tepuy como testigo, sientes que no estás de visita… estás en casa. Como si la tierra te reconociera.

Y no podemos olvidar Los Roques, ese collar de islas en el Caribe donde el azul tiene más tonos que palabras en el diccionario. Allá, un “buenos días” viene con olor a pescado fresco y pan de horno. Y si un isleño te dice “vamos pa’lante”, no te está invitando a caminar: te está diciendo “vamos a comer, que la vida es corta y el pescado se enfría”.

Incluso en el corazón del Llano, donde el horizonte se pierde y el viento canta joropo, hay esteros escondidos donde el cielo se refleja tan claro que no sabes si vuelas o nadas. Allá, un llanero no dice “estoy cansado”, dice “estoy más muerto que gallina en miércoles de ceniza”… pero igual te invita a tomar un guarapo de caña recién exprimido.


Venezuela no es solo el mal país que vemos en los titulares. Es el que construimos en silencio, con manos que siembran, voces que cantan, madres arrechas (geniales, poderosas, capaces de hacer un guiso con aire y esperanza) que inventan la cena, y jóvenes que sueñan en voz alta. Este es un homenaje a esa Venezuela que no se rinde, que no se calla, y que sigue brillando —no porque todo esté bien, sino porque su gente, contra viento y marea, insiste en hacerlo bien.

Sinceramente, la verdadera noticia venezolana no debería ser la política, la violencia o la corrupción. La noticia que el mundo entero debería leer —y celebrar— es que aquí, cada día, hay gente como tú y como yo que se levanta, trabaja, crea, cuida, enseña, resiste… no solo por sobrevivir, sino por construir un país mejor. Porque creemos, con los pies en la tierra y el alma en alto, que Venezuela aún tiene mucho por dar… y mucho por ser y hacer.



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