Venezuela es mujer...
Fuerte, contradictoria, herida, fertil, creadora, impredecible, arrecha.
En Venezuela, hasta el apagón más largo termina con una birra (cerveza fría) y una rumba improvisada en la acera. No es magia, es jodedera (guasa): esa mezcla de ingenio, humor y arrechera (coraje) que nos permite reírnos hasta cuando el bolsillo está más vacío que nevera de soltero.
Aquí, el “buenos días” no es solo un saludo, es una excusa para preguntar cómo estás, si desayunaste, si necesitas un poquito de café —aunque el que te ofrezcan sea el último sorbo de la olla. Porque en este país, compartir no es una virtud, es instinto. Si tienes un pan, partes dos; si tienes un chiste, lo cuentas tres veces hasta que todos se rían.
Y es que el venezolano nace con un don: transformar lo poco en mucho. Un cable, un clip y un poco de fe se convierten en una solución. Un plátano maduro, queso de mano y una sartén oxidada se vuelven un festín. A eso le decimos *resolver*, y no es sinónimo de arreglar… es un arte de supervivencia con sabor a arepa.
Hasta en los días más duros, alguien saca un cuatro, tararea una gaita o cuenta un chiste de “la cuñada de un amigo” que, aunque sea mentira, te hace olvidar por un rato que el transporte no pasa o que el dólar subió otra vez. Porque aquí, la tristeza no se queda: la echamos pa’fuera con risa, con baile, con un “¡bájale dos, mi rey!” cuando las cosas se ponen feas.
Claro que hay días grises. Claro que duele ver cómo el país que tanto amamos ha sido herido por decisiones que no nos representan. Pero también es cierto que, en cada esquina, hay alguien que planta una flor en una lata, que enseña a leer a un niño sin cobrar un centavo, que cuida a su vecino como si fuera de la familia. Porque en Venezuela, la solidaridad no se anuncia: se vive.
Y eso, pana… eso es lo que nadie puede quitarnos. Ni el tiempo, ni la política, ni el desgaste. Porque el alma venezolana no está en los edificios ni en los discursos: está en la forma en que abrazamos, en cómo decimos “mi vida” sin conocer al otro, en ese “¿hay que echar pa’lante?” que es más esperanza que pregunta.
Venezuela no es solo el mal país que vemos en los titulares. Es el que construimos en silencio, con manos que siembran, voces que cantan, madres arrechas (geniales, poderosas, capaces de hacer un guiso con aire y esperanza) que inventan la cena, y chamos (jóvenes) que sueñan en voz alta. Este es un homenaje a esa Venezuela que no se rinde, que no se calla, y que sigue brillando —no porque todo esté bien, sino porque su gente, contra viento y marea, insiste en hacerlo bien.
Sinceramente, la verdadera noticia venezolana no debería ser la política, la violencia o la corrupción. La noticia que el mundo entero debería leer —y celebrar— es que aquí, cada día, hay gente como tú y como yo que se levanta, trabaja, crea, cuida, enseña, resiste… no solo por sobrevivir, sino por construir un país mejor. Porque creemos, con los pies en la tierra y el alma en alto, que Venezuela aún tiene mucho por dar… y mucho por ser y hacer.

Y lo siente más el que está afuera, tienen plata y algo más de seguridad, pero lo vivido aquí tienen que volver para sentirlo !! Gracias, te quiero!!
ResponderEliminarQuerida amiga, tú cómo mujer, madre y venezolana eres ese país que en verdad somos y que todos deseamos tener de vuelta para estar todavía más orgullosos de haber nacido en el... Yo también te quiero mucho.
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