Cierro los ojos, tiro el dado de los temas y—clac—me sale: «la hora después de cenar cuando nadie te reclama».
Me pasa a diario: después de un día de trabajo, de enfrentar al mundo y sus cosas, de soportar (y que me soporten) a la gente con sus "buenos y malos", de ver el desfile sonoro y visual de los chismes y noticias boca a boca y la red, de leer que hay gente muriendo por hambre o guerras mientras otros presumen trivialidades... después de todo eso y mucho más, llego a casa y entro a esa fortaleza personal donde el dueño del mundo soy yo, pues lo construyó a mi manera, allí me siento libre y seguro.
Sí, es una franja que no aparece en las agendas y que, sin embargo, marca el ritmo de nuestras vidas más que cualquier reunión de jefes.
Imagínate: la nevera zumbando bajito, el gato que se estira como si fuera el dueño del universo, la luz de la lámpara que parece decir «aquí no pasa nada urgente». Y, sin embargo, pasa TODO.
La verdad es que ese rato es un pasadizo secreto hacia uno mismo.
No necesitas llave: solo dejar que el silencio te devuelva la voz que perdiste a mediodía cuando, para no discutir, tragaste tu propia frase junto al bocadillo.
Aquí puedes recuperarla, desplegarla en la mesa, mirarla como quien contempla una postal vieja: «Ah, sí, quería decir esto…».
Anoche, por ejemplo, me encontré a mi abuela dentro de una taza de té. No es broma. Había dejado la bolsa de manzanilla demasiado tiempo y el vapor subía dibujando sus arrugas, la misma risa partida en dos que me regalaba cuando me enseñaba a jugar a las siete y media.
Y de pronto me dio por llorar, pero fue un llanto de esos que no manchan: más bien una suavidad que se queda flotando, como cuando estrenas gafas y descubres que el mundo tiene más bordes de los que creías.
Porque—y aquí viene el truco—esa hora no es «tiempo muerto»; es la vida que se atreve a respirar despacio.
Es el anti-feed: nada scroll, nada alertas, solo el cojín que se hunde y la respiración que baja hasta la planta del pie.
Una amiga me dijo que en ese hueco se inventa su vida paralela: se imagina viviendo en un pueblo de pescadores, firmando cuadros con otro nombre, oliendo a sal en lugar a jefe estresado.
Al día siguiente vuelve a la oficina, claro, pero lleva un grumito de sal en el bolsillo y, cada vez que lo toca, recuerda que existe la posibilidad de ser otra.
También es la hora en que el cuerpo confiesa.
Se me duermen los pies, pero no por mala circulación: es que llevo todo el día corriendo dentro de unas zapatillas que no me pertenecen.
Me quito los calcetines, miro la huella roja que dejan las costuras y pienso: «Aquí estoy, caray, soy un mapa de presiones».
Y me da risa, porque las huellas se parecen a los ríos de un planisferio y, bueno, quizá yo también desemboco en alguna parte si me dejo fluir.
Consejo improvisado: enciende solo una luz pequeña. La penumbra es la auténtica anfitriona: regala permisos. En la penumbra puedes tararear la canción que te sonrojaría de día, puedes abrir el frasco de las galletas que «son solo para invitados» o escribir en un post-it: «Mañana regálale a tu hija el abrazo que le debes desde el lunes». Después lo pegas en el espejo y, al verte la cara por la mañana, te acuerdas de que anoche fuiste tu propio héroe silencioso. Y si alguien te pregunta por qué te quedas despierto «sin hacer nada», diles que estás cultivando un jardín invisible. Les sonará a excusa hippie, pero es que las flores de adentro no necesitan agua: necesitan ausencia de ruido. Una vez al día, regarlas con un poco de olvido del mundo exterior. Verás cómo, a la larga, te devuelven colores que ni sabías que guardabas.
Así que ya sabes. Cuando termines de fregar el último plato, no corras a encender la serie que todos comentan. Quédate un rato en la orilla del día, descalzo, con la oreja pegada al tambor de tu propio corazón.
Escucha cómo resuenan las palabras que no dijiste, los besos que no diste, la risa que ahogaste.
Dales salida, aunque sea en susurro.
Y después, sí, vete a la cama.
Pero lleva en los bolsillos—como quien guarda una concha de viaje—esa sensación de que la vida no te ha robado: te ha prestado una hora para que te robes tú mismo.

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