No hay mudanza posible.
No hay llave de repuesto, no hay depósito en garantía, no hay barrio mejor al que escapar. Este planeta no es una casa entre otras: es la única habitación donde hemos podido respirar sin morir al instante. Y estamos quemando los cimientos con nuestras propias manos, como si creyéramos que el fuego nos perdonará por encenderlo.
Destruimos el aire como si fuera papel viejo. Vaciamos los océanos como si fueran fregaderos. Arrancamos bosques enteros del suelo como quien arranca fotos de un álbum familiar —sin mirar quién queda atrás, sin recordar que también éramos parte de la imagen.
Y luego, ¿qué? ¿Soñamos con Marte como si fuera un refugio de lujo? Un planeta muerto, seco, hostil, sin atmósfera, sin agua, sin perdón… y lo miramos con esperanza. Como si pudiéramos exportar nuestra codicia a otro mundo y empezar de nuevo. Como si el problema no fuéramos nosotros, sino el lugar donde lo cometimos.
Pero no puedes empaquetar el oxígeno. No puedes llevar contigo la gravedad. No puedes construir un cielo artificial que no te mienta cada vez que respires. Allá afuera no hay amaneceres, no hay viento en la cara, no hay lluvia sobre la tierra caliente. Allá afuera hay silencio. El silencio del vacío. El silencio de los muertos que no tuvieron tiempo de gritar.
Este es el único hogar que jamás tendremos.
Y ya lo estamos convirtiendo en una tumba con vista al cosmos.
No habrá segunda oportunidad. No habrá rescate interestelar. Nadie vendrá a salvarnos. Ni dioses, ni tecnología, ni gobiernos que despierten demasiado tarde. Solo quedaremos nosotros, parados sobre cenizas, preguntándonos por qué no paramos cuando aún sentíamos el suelo bajo los pies.
Porque no se trata de salvar al planeta.
El planeta sobrevivirá.
Se sacudirá nuestra especie como un animal se sacude los parásitos.
Lo que está en juego no es la Tierra.
Es si merecemos seguir siendo parte de ella.
Y hasta ahora, la respuesta ha sido un eco seco: NO.

Comentarios
Publicar un comentario