Querido diario existencial (o quien sea que lea esto después de que yo ya no esté):
"Hoy tomé la decisión."
No fue fácil. Dormí mal. Me levanté con el alma en los talones. Miré el techo, suspiré como si me despidiera del mundo… y lo confirmé: “No puedo más. Voy a acabar con todo.”
Sí. Así, sin rodeos. Sin dramatismo barato. Con la serenidad de quien ha llegado al límite… y ha decidido que ¡basta!.
No quiero seguir fingiendo que todo está bien.
No quiero seguir cargando con esto.
No quiero despertar mañana y encontrarme de nuevo frente a… "eso".
¿Qué me llevó a este punto?
Fue acumulativo. Pequeñas gotas que perforaron mi cordura.
La primera: el lunes, cuando lo vi ahí, impasible, juzgándome desde el rincón.
La segunda: el miércoles, cuando intenté razonar con él… y me ignoró.
La tercera: esta mañana, cuando lo encendí… y me respondió con un zumbido burlón, como diciendo: “¿Otra vez tú? ¿En serio?”
No. Ya no.
Llamé a un amigo. Le dije, con voz grave:
> “Creo que hoy es el día. Voy a hacerlo.”
Él, en pánico dijo:
> “¡No! ¡Espera! ¿Dónde estás? ¿Qué vas a hacer? ¡Hablemos!”
Le respondí, sereno:
> “Estoy en casa. Y voy a desconectarlo. Para siempre.”
Silencio al otro lado.
Luego, una risa nerviosa.
> “¿…El router?”
> "NOOOOOO..."
(…Bueno, sí. Pero espera.)
No, no era el router.
Era peor.
Era… la cafetera programable.
Sí. Esa traidora metálica que prometió “mañanas sin esfuerzo”, que juró “café caliente al despertar”, que me vendió un sueño… y me entregó un infierno.
Porque, estimado lector, esa cafetera…
— Se programa a las 7:00… y a las 7:05 sigue fría, muda, inerte.
— A veces, por arte de magia, se enciende a las 3:00 a.m., como un espectro cafetero perturbando mi sueño.
— Otras, decide que hoy no, que no está de humor, y te deja con agua tibia y desesperanza.
— Y cuando por fin —milagrosamente— funciona… el café sabe a calcetín hervido con nostalgia.
Hoy, tras meses de traumas matutinos, tomé cartas en el asunto.
Desenchufé la cafetera.
La miré a los ojos (o al display, que da lo mismo).
Le dije, con solemnidad shakesperiana:
> “Adiós, traidora. Tu reinado de terror termina aquí.”
Y luego… hice lo impensable.
Compré una cafetera de colador. De esas que requieren que te levantes, que hiervas el agua, que muelas el café, que lo viertas con paciencia… como un ritual antiguo.
Y ¿sabes qué?
Al tercer día… empecé a disfrutarlo.
El aroma.
El vapor.
El silencio de la mañana, sin zumbidos ni traiciones eléctricas.
Solo yo, el agua burbujeante, y el café que —por fin— sabe a café.
Así que sí.
Acabé con todo.
Con la ilusión de la automatización.
Con la dependencia de lo que promete facilidad y da caos.
Con la esperanza de que la tecnología arregle lo que solo el ritual humano puede sanar.
Y en su lugar… encontré algo mejor: presencia. Calma. Y un café que, aunque tarde 7 minutos más, sabe a libertad.
Moraleja (con humor fino y café recién hecho):
> A veces, “acabar con todo” no significa rendirse…
> …sino resetear lo que ya no te sirve —aunque sea tu electrodoméstico más traumático.
Y si hoy sientes que quieres “desconectarlo todo”… quizás no necesitas un final dramático. Solo necesitas una cafetera nueva. O un cambio de perspectiva... O ambas.
☕ PD: Si tu cafetera también te traiciona… no eres la única víctima. Hay un grupo de apoyo. Se llama “Colador y Coraje”. Reuniones todos los viernes, a las 7:00 a.m. Trae tu propio grano molido.
Inspirado en todos los que hemos estado al borde del abismo… por un electrodoméstico malhumorado.
Y en Camus, que diría: “Hay que imaginar a Sísifo feliz… y con buen café.” 😄
¿Tú también has “querido acabar con todo”… por algo absurdo?
Cuéntalo. Aquí no juzgamos. Solo servimos café metafórico… y real, si tienes termo.

EXCELENTE, Humor fino e inteligente TQM.
ResponderEliminarGracias por tus piropos, se aprecian mucho... También TQM
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