Ella no vino con pasos de invierno, ni con el lamento del viento en los cristales rotos. No fue una ausencia anunciada por telegrama funerario ni por el eco de una puerta que se cierra para siempre. Vino como quien llega a una fiesta sin invitación: silenciosa, descalza, con los ojos llenos de una luz que no pertenece a este mundo. Y cuando quise reaccionar, ya estaba sentada a mi mesa, bebiendo mi vino como si fuera suyo, leyendo mis pensamientos como si fueran cartas de amor dirigidas a ella.
La soledad no es huérfana del amor, como dicen los poetas sentimentales. Es su hermana mayor. La que nació primero, la que sabe todos los secretos, la que ríe cuando los demás lloran por desamor. Porque el desamor es un lujo: requiere testigos, requiere alguien que se vaya. La soledad no necesita que nadie se marche. Solo necesita que el mundo siga girando mientras tú dejas de escucharlo.
Hoy, en pleno siglo XXI, donde todo está conectado y nada lo está realmente, la soledad ha dejado de ser un castigo y se ha convertido en un acto de resistencia. Mientras las multitudes gritan su vacío a través de pantallas iluminadas, mientras los cuerpos se juntan pero las almas huyen en direcciones opuestas, la soledad se erige como la última forma de autenticidad. ¿Quién más osa mirarse sin filtros? ¿Quién más acepta habitar un cuerpo que nadie quiere ver desnudo?
Dicen que es triste vivir solo. Pero ¿qué es más triste?: ¿estar rodeado de gente que te ignora con sonrisas bien ensayadas, o estar frente a ti mismo, aunque duela como un cuchillo de plata en la carne viva? La soledad no es el desierto; es el oasis que aparece cuando has caminado tanto entre fantasmas que ya no distingues tu sombra de tu alma.
Y entonces, en ese instante imprevisible —mientras preparas café a las tres de la madrugada, mientras una canción antigua resuena en el altavoz roto, mientras observas cómo la lluvia dibuja mapas efímeros en la ventana—, entiendes: la soledad no te eligió. Tú la elegiste a ella. Sin saberlo. Como se elige respirar, como se elige sangrar, como se elige seguir siendo humano en un mundo que premia la máscara.
Y ahora, mientras escribo esto, siento su presencia. No como una sombra, sino como una corona. Porque en la soledad, uno deja de ser víctima y se convierte en rey de un imperio invisible, gobernando sobre memorias, arrepentimientos, sueños no dichos, palabras tragadas como piedras sagradas.
**Y así, en la penumbra del alba que no perdona, donde el tiempo se arrastra como un león cojo, la soledad me viste con túnica de ceniza y estrellas, me corona con espinas que florecen en verso.
Soy el templo derruido donde oraban los dioses olvidados, el manantial seco que guarda aún el eco del agua, el espejo que refleja no el rostro, sino el abismo que canta en dialectos anteriores al lenguaje.
Mis venas son ríos subterráneos que alimentan raíces de ausencia, mi voz, un susurro grabado en lápidas que nadie visitará.
Pero aquí, en este altar de silencio y cenizas, renazco cada noche como fénix hecho de insomnio y verdad.
¡Oh soledad! Reina sin trono, madre de los desvelos, tú que habitas el hueco entre el latido y el olvido, no me consueles, no me liberes, no me salves: simplemente quédate.
Porque en tu reino sin súbditos, por fin, soy infinito.**
Postdata: "Entre la soledad y yo hay un lecho común, pero ningún roce más allá del alma... el deseo nunca nos visita."

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