Un viaje de soles y lunas


A veces me pregunto si la vida es un libro o un río. Si es una historia con un principio y un final definidos, o si es un flujo constante, sin orillas, que simplemente nos lleva. Quizás sea ambas cosas, un libro escrito por la corriente, con capítulos que huelen a sal y a tierra mojada.

Desde el primer grito que dimos, una nota aguda que rasgó el silencio, empezamos nuestro viaje. Éramos pequeños, frágiles, un ovillo de carne y hueso con los ojos muy abiertos, listos para absorber el mundo. Y así, con cada risa, con cada tropiezo, con cada "no" y con cada "sí", fuimos construyendo nuestro ser. Fuimos como un árbol que crece, estirando sus ramas hacia el cielo, buscando la luz, pero también echando raíces profundas, aferrándose a la tierra.

La vida nos puso a prueba, claro que sí. Nos presentó la desilusión, esa sombra que nos hace dudar de todo. Nos hizo llorar, sentir el corazón encogido, el alma en un puño. Pero en cada una de esas caídas, nos levantamos. No sin una queja, no sin un poco de dramatismo, pero lo hicimos. Y en ese proceso, nos dimos cuenta de que no éramos los mismos. El niño ingenuo se convirtió en un adolescente rebelde, el adolescente en un adulto lleno de dudas y el adulto en un sabio que todavía se pregunta por la vida.

Es gracioso cómo evolucionamos. Nos ponemos capas, como una cebolla, solo para quitárnoslas de nuevo. Nos convertimos en diferentes versiones de nosotros mismos, con cicatrices que nos recuerdan de dónde venimos y con sueños que nos impulsan hacia donde vamos. A veces, miramos hacia atrás y no reconocemos a esa persona que fuimos, tan terca, tan impaciente, tan inocente. Pero esa persona nos llevó hasta aquí, hasta este momento, hasta esta página. Y por eso, le damos las gracias.

Porque el viaje no termina. La vida sigue fluyendo. El sol sale cada mañana, y la luna nos vigila cada noche. Con el tiempo, quizás nos volvamos un poco más lentos, con la piel arrugada como un mapa de todos los lugares en los que hemos estado, de todas las lágrimas que hemos derramado, de todas las risas que hemos soltado. Pero en nuestros ojos, seguirá brillando esa chispa, esa curiosidad que nos impulsó desde el principio.

Así que, no te preocupes si no eres la misma persona de hace un año. No te culpes si tus sueños han cambiado, si tus metas han tomado otro rumbo. Todo es parte del viaje. Todo es parte de la historia.

Porque al final del día, todos somos viajeros. Viajeros de soles y lunas. Y aunque el camino sea largo y lleno de curvas, siempre hay una orilla, un puerto, donde podemos detenernos, respirar hondo y darnos cuenta de que, a pesar de todo, estamos justo donde tenemos que estar.

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