Cartas a las mujeres que vinieron, estuvieron, o nunca fuí a buscar


*Por las madrugadas en que el silencio canta con voz de mujer…*

Hay noches, como esta, en las que el tiempo no avanza, sino que retrocede. No camina, se arrastra entre las sábanas frías de la memoria, deslizándose como una caricia olvidada. Y en ese vaivén de sombras y recuerdos, vuelven ellas: las damas de mi vida, las que existieron entre lo real y lo soñado, entre el deseo contenido y el amor no dicho. Ellas, que habitan en los rincones más íntimos de mi alma, como notas sueltas de una melodía que nunca terminó.


1. *Las Damas de Mi Vida: un vals de miradas fugaces*  

Tema musical: *La Vie en Rose* – Louis Armstrong**

¿Qué habrá sido de aquellas mujeres que cruzaron mi adolescencia como estrellas fugaces? La que vendía flores en la esquina del mercado, con un pañuelo rojo anudado al cuello y una sonrisa que olía a canela. La profesora de literatura, cuya voz grave recitaba a Neruda mientras yo fingía tomar apuntes, pero solo anotaba el movimiento de sus labios. La vecina del cuarto piso, que colgaba la ropa en el balcón al atardecer, y cuyo vestido blanco se pegaba al cuerpo con el viento húmedo del verano.

Ellas fueron mis primeras musas, no porque las amara, sino porque me enseñaron a desear. Cada una llevaba consigo un universo entero: el perfume de la piel, el misterio de una mirada sostenida un segundo más de lo debido, el temblor de una mano al pasar un libro. No las toqué, pero las amé en silencio, como se ama a un cuadro que nunca se podrá llevar a casa.

Y ahora, tantos años después, me pregunto: ¿dónde están? ¿Será que alguna, en algún lugar lejano, también recuerda esos instantes? ¿Será que alguna, al escuchar *La Vie en Rose*, siente un pinchazo en el pecho, como si el pasado la llamara por su nombre?


2. *La Mujer que Me Enseñó a Amar: fuego lento en la penumbra*  

Tema musical: *At Last* – Etta James**

Hubo una. Una que no fue ni vecina ni profesora, sino una aparición. Una mujer madura, de ojos almendrados y cabello negro como la noche antes de la tormenta. Llegó a mi vida cuando yo aún creía que el amor era poesía y no sudor. Ella me miró con la calma de quien ha visto mil amaneceres, y en su mirada yo vi por primera vez lo que era el hambre verdadera.

No fue una relación, fue una ceremonia. Cada encuentro era un ritual: el vino tinto derramado en la copa, sus dedos desabrochando lentamente los botones de su blusa, como si cada uno fuera un secreto que me entregaba. Me enseñó que el cuerpo es un idioma, y que el placer no se apresura, se saborea. Recuerdo su espalda desnuda bajo la luz tenue, cómo la luna se posaba en la curva de sus caderas, como si la naturaleza misma la hubiera esculpido para ser adorada.

Y aún hoy, cuando escucho *At Last*, siento el calor de sus manos en mi cuello, su aliento en mi oído, sus palabras susurradas: *“No tengas miedo de sentir, niño. El amor duele, pero es lo único que nos hace vivos.”*  

Nunca más volví a encontrar a alguien que me mirara así. Ni siquiera intenté buscarla. A veces, las lecciones más profundas no necesitan repetirse. Basta con haberlas vivido una vez.


3. *La Señora Casada: la puerta que nunca abrí*  

Tema musical: *Criminal* – Fiona Apple**

En el edificio de enfrente, en el tercer piso, vivía ella. Una mujer de curvas prohibidas y mirada intensa, casada con un hombre que viajaba demasiado. Yo la veía desde mi ventana, fumando en el balcón con un camisón de seda azul, los pies descalzos sobre el frío del mármol. Había en ella algo salvaje, algo que no pertenecía a su mundo de tazas de té y almuerzos dominicales.

Una noche, tras una fiesta en el barrio, me invitó a subir. “Solo para tomar un trago”, dijo. Y yo subí. Pero cuando llegué a su puerta, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, me detuve. No fue miedo, no fue moral. Fue la conciencia de que cruzar ese umbral me convertiría en otro hombre, y no estaba listo para dejar atrás al que aún era.

¿Qué habría pasado si hubiera entrado? ¿Me habría besado con furia, como si quisiera borrar con sus labios el recuerdo de su marido? ¿Me habría arrancado la ropa con uñas pintadas de rojo, susurrándome que soy el único que la hace sentir viva? ¿Habríamos hecho el amor sobre la alfombra, con las luces apagadas y el silencio como cómplice?

Quizás. O quizás solo me habría servido el trago, me habría mirado con lástima y me habría dicho: *“Todavía no estás listo.”*  

Pero en mi fantasía, esa noche ocurrió. En mi mente, he entrado mil veces a ese cuarto. Y cada vez, el eco de sus gemidos me despierta en mitad de la noche.


4. *La Princesa del Vecindario: el amor no dicho*  

Tema musical: *Hallelujah* – Jeff Buckley**

Y luego está ella. La más hermosa. La que caminaba por la calle como si flotara, con trenzas doradas y una risa que parecía sacada de un cuento. La llamábamos “la princesa” no por vanidad, sino porque era imposible no verla como algo celestial. Iba a la misma escuela, pero nunca nos hablamos. Yo, el chico tímido de las esquinas; ella, la luz que iluminaba el barrio entero.

Cada vez que la veía, el mundo se detenía. El tráfico, el ruido, el tiempo. Solo existía ella. Y cada día, me prometía: *“Hoy le digo que la amo.”* Pero el miedo me paralizaba. Temía que mi voz sonara falsa, que mi mirada la asustara, que ella riera y me dijera: *“¿Tú? ¿En serio?”*

¿Qué habría pasado si, en lugar de esconderme tras los árboles, me hubiera acercado? ¿Si le hubiera entregado aquella carta que escribí mil veces en mi cabeza, pero nunca en papel? ¿Habría sonreído? ¿Habría tomado mi mano? ¿Habríamos caminado juntos hacia el ocaso, como en las películas que me hacían soñar?

Quizás no. Quizás no estaba destinado a ser. Pero hay algo hermoso en el amor no vivido: permanece intacto. No se arruga con el tiempo, no se corrompe con los desencuentros. Mi amor por ella sigue siendo puro, eterno, como una estrella que nunca se apaga.


Epílogo: *El Concierto de lo que Nunca Fue***

Y así, en esta noche larga, mientras la lluvia golpea suavemente el cristal, las evoco a todas. No como fantasmas, sino como musas vivas. Porque aunque nunca las tuve, me hicieron. Me moldearon con sus ausencias, con sus miradas, con sus cuerpos que solo vi en sueños.

El deseo no siempre necesita consumación. A veces, basta con haberlo sentido. A veces, el amor más profundo es el que nunca se confiesa, el que se queda atrapado en la garganta, como una canción que nunca se canta, pero que resuena para siempre.

Y si algún día me preguntan qué fue de las damas de mi vida, diré:  

*“Siguen aquí. En cada nota de jazz, en cada suspiro de mujer, en cada amanecer que huele a pasado.”*

Porque el corazón no olvida. Solo aprende a amar en silencio.


*Con cariño, a todas las que vinieron, fueron, y a las que nunca llegaron.* 🌙🎶



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