Carta al YO que tememos


Hay un silencio que no es paz.  
Es miedo disfrazado de prudencia.  
Un susurro en la nuca que dice: "No. Aún no. Mejor no."
Y así, sin alarma, sin drama,  
las vidas se van apagando como velas olvidadas.

Este no es un homenaje al coraje fácil,  
al grito triunfal,  
al salto en cámara lenta hacia lo desconocido.  
Este es un reconocimiento al otro lado:  
al que duda, al que teme, al que, a los 60 y tantos años, siente que su vida no ha trascendido, pero aún guarda un fuego bajo la ceniza.

Porque hay un momento, no anunciado por campanas, en el que alguien decide dejar de huir de sí mismo.  
No para vencerse, sino para mirarse.  
Para decirle al miedo que lo habita:  
"Te veo.  
Gracias por haberme protegido tanto tiempo.  
Pero ya no necesito que me paralices."

Ese miedo no nació de la debilidad.  
Nació de la historia.  
De un hogar donde la voz fuerte era la única escuchada.  
De un mundo que confundió la sumisión con la paz.  
De años de trabajo sin reconocimiento,  
donde el alma se secó antes que el cuerpo.

Y sin embargo, ese hombre —o una mujer, aunque podría ser cualquiera—  
no ha sido inútil... A su manera, ha sido héroe anónimo:
Ha dejado marcas que su entorno conoció.  
Ha salvado una vida con sus manos.  
Ha perdido una fortuna y no se quebró.  
Ha escrito su historia, como quien deja una huella en la arena antes de que la marea la borre.

Y ahora, frente a la pantalla,  
decide escribir una carta.  
No al mundo. No a Dios.  
No a la mujer que ama en silencio.  
Sino al yo que ha temido toda la vida:  
ese que duda, ese que reprime,  
ese que dice: "No es para ti."

Y en esa carta, no hay reproche.  
Hay diálogo.  
Hay despedida.  
Hay un acto de soberanía:
"Ya no eres mi dueño.  
Puedes quedarte.  
Pero ya no mandas."

Porque el coraje no es no tener miedo.  
Es escribir con la mano temblando.  
Es pulsar "publicar" sabiendo que tal vez nadie lea.  
Es decir: "Estoy aquí.  
Y aunque he tardado, empiezo."

Y si alguien, en otro rincón del mundo,  
lee estas líneas y siente un nudo en la garganta, quizás entienda que no está solo.  
Que hay miles como él:  
con cuerdas rotas o destempladas,  
con sueños a medio vivir,  
con ganas de viajar, de amor, de sentido.  
Y que a veces, el primer paso no es un grito, sino una carta.  
Una nota.  
Un "voy a escribir".

"Escribe, que algo queda"
Kotepa Delgado


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